De marquesas, putas y la vie en rose

Estamos en semanas de ensayo con Artefasto, montando dos obras cortas de Tennessee Williams: 27 vagones de algodón y La Marquesa de Larkspur Lotion. Para quienes no conozcan mucho la obra de este escritor basta decir que sus protagonistas suelen ser perdedores, marginados, inadaptados; personajes con poca suerte y una vida complicada, cuyo factor común es la soledad en todas sus variantes.

A mi me ha tocado tratar de entender a la Marquesa, una prostituta que quizás sueñe con cucarachas tanto como imagina que tiene una plantación de caucho en Brasil. Una chica que ostenta un escudo de armas como propio, cuando en realidad sólo lo compró en algún mercadillo… ¿Cuánto habrá ahorrado para poder ostentarlo orgullosa en la pared de su habitación? Quizás usa la imaginación para tratar de darle un poco de color a una vida que transcurre entre las sábanas de la pensión.

Lo cierto es que desde que esta señorita Hardwicked-Moore llegó a mi vida, estoy obsesionada con las prostitutas. En realidad, quizás un poco obsesionada con ella. Y es que ante tanta crisis mundial, tantos cambios personales, suelo preguntarme qué tan diferentes podemos ser de esta señorita.¿Cuántas veces no colgamos en nuestra pared personal escudos de armas falsos que exhibir? ¿Cuántas veces no imaginamos cómo sería nuestra vida si pudiéramos cambiar alguna cosa?

No malinterpreten, que no hablo de locura real.  Sólo hablo de ese mundo que a veces recreamos para nosotros, para nuestros hijos, sobrinos e incluso perros. Como diría el héroe personal de la marquesa, un lugar recreado con sueños, ficciones y fantasías, para hacer del día a día algo más llevadero.

Al final todos soñamos con “La Vie en Rose”                       

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