Esos días impredecibles

 La gente podría dividirse perfectamente en aquellos que son planificados y los que van sin norte alguno. Yo soy un espécimen raro, todo lo que tenga que ver con el trabajo es un plan de vida, cada paso me acerca más a mi ideal. Pero mi tiempo libre, eso es otra cosa.


No hay mejor manera de pasar un sábado que bajo el lema “como vaya viniendo, vamos viendo”. Esos días en los que despiertas cuando quieres, sales a la calle sin un plan, y comienzan como por arte de magia a aparecer personas queridas, lugares insólitos, y reencuentros de manera casi espontánea.

Sólo existen dos personas que disfrutan tanto de este tipo días como yo: Veruska y Carlos. Ambos en polos completamente opuestos a mí, uno al norte y el otro al sur; así que ni puedo andar con Veru en el carro dando vueltas a ver qué hacemos, ni tampoco salir con Carlos a cazar tacones para patear o aplastar hojas secas para el deleite de  mis oídos.

Giancarlo es el que le ha puesto orden a este ritmo de vida. Él cronometra todo, es el amo y señor del tiempo, de mi tiempo. Sabe con certeza absoluta cuántos minutos demoramos en la rutina matutina de bajar a los gordos, bañarnos y colocar las sillas sobre la cama. Tiene el don de calcular el tiempo hacia adelante con un margen de error de no más de 5 minutos.

El sábado me sublevé o más bien decidí llevar el día a mi no-ritmo. El resultado impredecible e increíble:desayuné en Gourmet Market con Marijo y Valen, luego acompañé a Valentina a lavar el carro mientras nos poníamos al día, incluso terminé haciéndome una limpieza de cutis durante lo que ha sido las mejores dos horas de estos últimos 30 días.

Para cerrar con broche de oro, cenamos unas exquisitas mini-hamburguesas en Araxi, en el centro comercial de Sebucán (Nada que envidiarle a Ávila Burguer, por cierto)

¡Que vengan más días así: extraños, sin horarios ni lugares a los que llegar! Días en los que el tiempo pase rápido… muy rápido, para no extrañarlos tanto.

 



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