La danza de los dedos

El ganchillo ha estado presente en mi vida desde siempre. Mi abuela tejía. Todo. Cada sofá de mi casa tenía un pañito tejido en el apoyabrazos y en el respaldar. Cada mesa, un mantel. Los vasos se vestían con ajustados tejidos. Las franelas, repentinamente, dejaban de lado sus mangas simples para tener un colorido faralado.

El momento de paz de mi abuela, luego de un largo día de cocinar, planchar, limpiar e ir al mercado era tejer en el sofá de la sala, en su rincón de siempre, mientras nosotras en la mesa del comedor hacíamos las tareas.

Si te acercabas podías escucharla susurrar la cuenta del tejido. Sus dedos a pesar de la artritis se movían con tal agilidad, que parecía una coreografía exquisitamente aprendida entre el ganchillo y la lana. No usaba patrones, nunca la vi revisando una hoja para saber cómo continuaba. Ella intentó que aprendiera algo. Pero sólo logré hacer largas cadenetas.

Y eso del crochet, sinceramente, me parecía tan… Lo peor que nos podía pasar era ver una de nuestras franelas transformadas por la magia del ganchillo. Hace poco hablaba con mi hermana de esto, y recordé que esta desgracia sólo podía ser superada por “le hice el ruedo a esos pantalones, que llevabas arrastrando”. ¡Estamos hablando de una época en la que era cool que  los jeans arrastraran por el suelo!

Ahora la que se sienta en el sofá a tejer soy yo, con la diferencia que necesito ver los patrones para poder hacer algo decente. Todo comenzó cuando Carola de @laguiadelperro, me habló del DIY Show y de unos cursos para tejer amigurumis. En aquel momento tenía tiempo de ocio suficiente como para inscribirme. Pero lo hice muy tarde y no pude asistir.

Y me quedó ese gusanito… Así que una tarde, cuando salía del gimnasio me paré en una tienda, y compré un ganchillo y una lana. Pasé semanas haciendo cadenetas e intentando pasar a la segunda fila del tejido. La casa comenzó a llenarse de retazos a medio hacer. Pero, no suelo desertar tan fácilmente, y más cuando me obsesiono con algo… y de repente una tarde, allí estaba la primera parte de un gorro.

Aquella maraña de puntos ininteligible, se convirtió en un patrón. Van 4 gorros desde ese entonces. Quizás dentro de unos cuantos años, sean mis nietos los que recuerden a su abuela la que tejía todo, aquella que susurraba la cuenta y que tenía la casa llena de mantelitos. Y quizás alguna de mis nietas aprenda tarde a tejer… Y entonces, así nos mantengamos vivas en el recuerdo de la danza de los dedos entre el ganchillo y la lana.

 

One comment

  1. MGFL says:

    Gracias por hacerme revivir con tus palabras, recuerdos, imágenes y vivencias que no volverán pero que son parte integrante de nuestro antiguo y común legado.

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