La jungla que habita el gimnasio y mis taras mentales

No soy una deportista nata de las que sufren si dejan de hacer ejercicio. Creo que ‘deportista’ es una palabra que requiere mucho esfuerzo y disciplina. No es una definición para cualquiera.

Por lo tanto, yo no soy deportista, pero he aprendido a ser activa con el ejercicio. Y en eso la rutina ha sido un aliado increíble, así como tener el cerebro muy dormido en las mañanas, y cambiarme en modo automático con «mi» ropa de entrenar.

Todos los días me arrastró fuera de la cama, gruño los «buenos días», me cambio, hago el desayuno, preparo la lonchera de Gian, mi merienda de la mañana, tomo café , recojo los platos del día anterior, desayunamos y para el gimnasio.

Es una rutina estricta de lunes a viernes (Menos los maravillosos miércoles que tengo ensayo). Una vez que estoy en el gimnasio ya no hay vuelta atrás; y las ganas de sudar la gota gorda se activan como por arte de magia. Es muy fácil ahora, pero cuando empecé a ir, tenía demasiados prejuicios y taras mentales; si alguien me hubiera hablado del gimnasio como un perro que ladra pero no muerde, quizás el inicio hubiese sido más sencillo.

Créanme el gimnasio es una selva a la que no hay que tenerle miedo o pudor. En esta lista están las estupideces que he superado y las cosas que he aprendido en estos dos años entrenando:

1.- La tara mental de pensar que no tenía la indumentaria. Tener la ropa adecuada no significa que tengas que llevar conjuntos combinados, tops cortos, zapatos para cada día de la semana. Yo no me siento cómoda con esa ropa -en ámbitos generales, no uso cosas apretadas- ni me gusta ir combinada de los pies a la cabeza. Para mí la comodidad tiene otra definición. Y eso significa que a veces usos franelas de Gian, y shorts anchos. ¿Quién me va a criticar? ¿La doña que se va con una licra completa a sus sesenta años que la hace parecer la tigresa del oriente, o el tipo que siempre lleva la misma ropa y gime a todo volumen cada vez que hace pesas? Lo que sí es importante tener son: guantes si vas a hacer pesas para que no se te hagan callos; un termo o pote de agua; música; y si te lo vas a tomar en serio un monitor cardíaco. Para mí esto es vital, pero no dejes que la moda deportiva sea una excusa.

2.- Detestaba la gente que iba al gimnasio y no quería que me hablaran. «Hacer amigos» ocurre si tú lo deseas, como yo no quería -ni quiero- siempre llevo mi iPod, no hago contacto visual y voy con cara de malas pulgas. Eso y la ropa que llevo me ha mantenido en un área segura.

3.- Aprender a observar, pues aunque no hable con nadie, tengo mi ídolo. Hay una señora que se nota que sabe muy bien cómo entrenar correctamente. Siempre estoy pendiente de cómo agarra las pesas, cómo hace los ejercicios y con la observación he podido aprender muchas cosas. Incluso debo confesar que a veces me fijo en el peso y las repeticiones que hace, ya sé que con esta confesión fundo una nueva especie de stalker-de-entrenamiento. Pero, es como mi reto personal superarme y tenerla a ella como ejemplo.

4.- La vergüenza de mirarse en el espejo: yo he aprendido a superarla. Al principio me sentía tan ridícula, pero es necesario cuando entrenas con pesas verificar que estés haciendo el movimiento correcto, y aprender a ser consciente de cómo se mueve tu cuerpo en el ejercicio. Yo me miro en el espejo para corregir… Otra cosa es mirarse al espejo y subirte la camisa para ver tus abdominales, estemos claros que eso sí es ridículo.

5.- He aprendido a respirar para no terminar mareada e hiperventilando. También aprendí a entender lo que mi reloj Polar quería decirme sobre mis pulsaciones yy el esfuerzo que estaba realizando. Momento de confesión: cuando hago la última repetición, esa en la que siento cómo el músculo me quema digo bajito una palabra liberadora. Es una maña que he adquirido de forma casual, así como la elección de la palabra. En esas sílabas dejo todo lo que me queda. Yo digo: «Puta». Es muy raro, lo sé, pero me gusta. En vez de decir «No puedo» exhalo y digo «pu-ta«.

6.- ¿Han visto la cantidad de fotos que se toma la gente al terminar de entrenar? Se ven bellas, lozanas, sudadas de forma perfecta como para un comercial de bebida isotónica… Pues yo no soy de esa raza. Yo salgo despeinada, sudando de forma excesiva y roja como un tomate. Si al terminar de entrenar puedo tomarte una foto y salir guapa es que no lo hice bien. Al fin de cuentas, lo importante es sudar, cada quien que lo haga a su manera.

7.- Cuando empecé a ir al gimnasio, la primera semana con mi rutina en la mano, le pedí al entrenador que me explicara cómo se usaba cada máquina que tenía en mi lista. Es mejor eso, que pasar pena intentando descifrar cómo funcionan; además que es muy fácil hacerse daño.

8.- Menos es más y cuesta. Las primeras semanas las pesas más livianas me parecían pesadas. No sólo eso, me daba pena que me vieran con esas pesas tan pequeñas. ¡Qué tonta! Por algo se empieza, y todos han pasado por ahí. Luego comienza un proceso maravilloso en el que esa pesa que tanto te costaba levantar, ahora te parece ligera como pluma; y pasas a la siguiente. Claro, dudo mucho que llegue a levantar las pesas gigantes que parecen mesas de té; pero si puedo aumentar las repeticiones y ¡eso es genial!

9.- El teléfono lo dejo en el casillero. Es demasiado sencillo distraerse con cualquiera de las redes sociales que tengo. Cuando comencé a entrenar y estaba cansada entre serie y serie,revisaba el teléfono, y adiós a los 60 segundos que debería esperar para continuar… El tiempo con un teléfono en la mano pasa demasiado rápido. Yo prefiero enfocarme, antes que formar parte del decorado del gimnasio o perder media mañana entre esa fauna.

Anímense, no tengan miedo al ambiente del gym; pónganse por encima de eso, y recuerden jamás establecer contacto visual.

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